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Después del mediodía, Hiromi paseaba su larga, delgada y nerviosa figura por el hall de teatro, minutos antes de su performance ante el jurado. La atrevida   bailarina aprendió a bailar hace diez meses y si eligió el desafío de la categoría "tango escenario" fue porque le gustan las coreografías y las tablas. A su compañero, Yoe, lo conoció en una milonga de Japón. Yoe bailaba hip-hop y llegó a la música de Buenos Aires gracias a una amiga que lo invitó a una tanguería. Con Hiromi son seguidores de la orquesta Color Tango y de la música de Lisandro Adrover. Ya filmaron una publicidad, en su país, y participaron en shows de Ryota Komatsu, el virtuoso bandoneonista que semanas atrás pasó por la Argentina para actuar con músicos locales. Los participantes en la categoría "salón" tendrá mañana su primera ronda, en la Sala A-B del Centro Cultural San Martín, de 10 a 18, con entrada libre y gratuita para los novatos que deseen mirar y robarles algunos pasos a los competidores. En esta categoría concursan unas 150 parejas, con anhelos similares y distintas historias para contar. José Sanfilippo y Angélica González son los más veteranos del encuentro. Para certificarlo alcanzan estos datos. Tiene más de 80 años, 65 de casados, 2 hijos, 8 nietos y 14 bisnietos. "El baile estuvo en casa desde siempre, imagínese, éramos una familia de ocho hermanos. Pero a mí, la única mujer, fue a quien más le gustaba", dice Angélica.

Con José se conocen desde chicos, cuando eran vecinos de Villa Urquiza ("barrio de guapos y malevos", según define la bailarina). La pareja, seguidora del compás de D´Arienzo, nunca escuchó hablar de un boom o de cierta moda por el tango ya que lo baila desde siempre, como algún cotidiano, aun antes de estar casados. Desde que comenzaron a participar en los torneos de baile de Abuelos Bonaerenses se alzaron con varios premios. Angélica, que ya le lustró el piso a unos cuantos clubes y milongas, confiesa: "El que tiene hinchada gana, el que no, se queda en el molde".

El caso de Flavia es totalmente distinto, con su 24 años y un compañero que casi le triplica la edad logró que el primer berretín por el tango danza se transformara en algo serio. El compañero es Atilio, el profesor que le enseñó los primeros pasos, en mayo último, en un centro de jubilados. La experiencia de la bailarina es mínima, pero el entusiasmo justifica su intento: "Por haber comenzado hace tan poco tiempo -admite- el hecho de poder concursar me alcanza. Ya es un logro".

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